Balbuceo mental, por Carlos Liscano

Paso muchas horas sin hablar. No estoy callado todo el día. Alguien de una empresa llama para confirmar mi nueva dirección. Alguien llama por error. La cajera del supermercado, amable, me dice “Que tenga un buen día” y yo le digo “Gracias”. Me encuentro con una amiga durante la caminata de la tarde, nos saludamos, nos decimos tres frases. Me peleo con la Lita porque ladra demasiado o porque se me escapa en el parque. Es decir, hablo. Hay días de mayor laconismo. No hay ningún día en que yo no diga una palabra, cortés, obligada, o me pelee con la perrita. Pero la palabra hablada no domina mi vida.

En este tiempo algo se está creando dentro de mí. Lo noto, aunque no sé cómo decirlo. Esta ausencia de voces, este silencio en medio del ruido, la conversación interior, está creando algo que no sé qué es ni a dónde conduce. Otra vez, aunque preferiría que no fuera así, está en relación con la palabra. La falta de la palabra hablada lleva a que la palabra pensada, el balbuceo mental, lo irracional, lo oscuro del lenguaje, dominen el día. Me hablo, discuto, me desdigo. Qué cantidad de tonterías que uno es capaz de pensar y decirse cuando no tiene interlocutor. En este momento tengo un tornillo en el bolsillo del pantalón. En el bolsillo derecho. Lo encontré en el suelo mientras limpiaba la casa. En vez de tirarlo me lo puse en el bolsillo, hace unas seis horas. A cada rato me digo que tengo que ponerlo en la caja de herramientas, pero me da pereza ir hasta el armario, abrirlo, abrir la caja y dejarlo allí. No me decido a tirarlo ni a ponerlo en su sitio.

Es increíble que esto me ocupe la cabeza. Hechos así me ocurren todos los días, el soliloquio sobre nada. Y los días pasan cargados de asuntos como el del tornillo.

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